Te prometo flores

Llevaba años buscándote y no paré hasta encontrarte. Conocí tu habilidad para mimetizarte, para hacerte cada vez más pequeñita, para invisibilizarte. Se de tu destreza en esconderte en cuanto recoveco del camino has encontrado y percibí tu talento para ocultarte entre los surcos que en mi piel ha venido dejando la vida.

Te he buscado en los álbumes, en los libros y en los cuadernos que atestiguan tus primeros rasgos. He ido tras de ti por las calles del barrio en que creciste y he jugado con  el gran Káiser, el perrito al que adoraste y que como un soldado suizo cuidaba a diario de tu puerta.

FLORES 1

Te he buscado en los ojitos dulces con que mirabas al niño guapo del colegio, ese al que tu corazón generoso regalaba a diario tu lonchera. Me he subido a tu triciclo y a tu destartalada Monareta y, en algunas tardes tristes, he jugado con tu muñequita pelirroja.

Me he agarrado de la mano de tu padre cuando saltabas en la verja de la iglesia y de la falda de tu madre cuando apoyaba tu cabeza en su regazo mientras anudaba tu coleta. He sentido el abrazo de tu hermano y me ha conmovido su paciencia cuando te enseñó a ir sola en bicicleta.

Me he puesto la peluca de lana que tanto te gustaba y he corrido contigo, metida en tú maleta, por los pasillos de tu vida buscando aquellos sueños muertos de niña arrinconada. He hurgado en todos los cajones de tu casa de muñecas para reavivar tus anhelos, esos a los que los adultos cortaron la cabeza.

Te busqué y no paré hasta encontrarte. Conozco tu habilidad para camuflarte en las risas de traviesa, esas que se mecen del naranjo en la imagen blanco y negro que aun conservas y que a veces cuelgas de la comba en que saltabas, o que escondes en los trazos de la golosa que jugabas en la calle. Conozco de memoria tus primeros pasos y te vi llorar cuando te abandoné sola en tu cunita, mientras yo salía a correr afanosa por la vida.

Me he puesto tus patucos de charol cereza y he lucido aquel vestido celeste que tanto te gustaba. Me he sentado en tu pupitre de la escuela y he querido ser contigo aquella “Muchacha italiana que venía para casarse”. He escuchado los tangos de tu padre y las sentencias de tu madre. He sufrido los dolores en el alma que dejabas en el aire y he escuchado los que acallabas en tu almohada por las noches.

Te he buscado en mi congoja y me urgía reconocerte en el presente de mis pasos y que tú te encontraras en mis ojos de mujer buena, porque, aunque me haya ido por un tiempo -tú, silente y oculta en mis enaguas- insististe en esperar a que volviera a verte. Y si al soltarme de tu mano me extravié a renegar de tu existencia y a maldecirte porque no crecías, arrastrar tu ausencia me quitó la fuerza que nos viene con la vida y a veces, mientras tu dormías, buscaba en tu terneza esos guiños con que me dijeras “loca, ven, que ha llegado la hora de volver a casa”.

Gracias por quedarte ahí, mi niña hermosa

FLORES

Gracias por la sonrisa cálida que me abrió la puerta del regreso. Eres parte de mi ser y mi existencia; eres mi razón y mi valor; eres lo que soy y por lo que estoy aquí, en este punto. Eres ese pedacito mío que con ternura e inocencia ha vuelto a visitarme a diario para alertarme que la vida es más de lo que nos muestran y que no, que no debemos tomarla tan en serio, porque lo bonito está en lo que llevamos dentro.

Perdón por los años de desdeñar de tu existencia y relegarte al rincón oscuro del castigo. Perdón por maltratarte con mi abandono, por las palabras duras y los golpes contra el mundo a los que te condené ahogando tu dulzura. Perdón por permitir que otros te ofendieran y por mirar para otro sitio cuando llorabas de tristeza. Perdón, mi niña bonita, por tantos años de ausencia.

Transitar de nuevo por tus sueños y volver a caminar con tus zapatos puestos es el mejor regalo que puedo hacerme en mi cumpleaños. El aprecio más sublime que podemos ofrendarnos es ese abrazo inmenso, eterno y tan profundo que ahora suspendemos en las manos y en el alma, en medio de ese repetir constante del “te amo” que durante años nos negamos.

Hoy yo te regalo amor y tú me regalas de nuevo tu alegría. Gracias mi niña por el aprendizaje de mi vida, tu vuelta a mi vera ha sido como si la parte que más pesaba en mi existencia hubiera agarrado carrerita hacia las nubes. Hoy, tú me prometes que te quedas y yo te prometo que ya nunca más te faltarán las flores.

Te he buscado y no paré hasta encontrarte, gracias por querer quedarte.

(¡Mi niña interior ha regresado a casa y ahora me la he amarrado al alma!)

 

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