Sí hay muertos malos

Aquel año las estadísticas señalaron un asfixiante aumento en las temperaturas del verano. Los termómetros no paraban de subir y el asfalto rezumaba ese olor a brea que tarde a tarde amenazaba con derretir nuestros pulmones. Despertaba agosto en Madrid y los pocos cristianos que impávidos custodiábamos la ciudad, sentíamos que el sol nos achicharraba el cerebro cada vez que pisábamos la calle. Eran días en que media ciudad se torraba en las playas mediterráneas y la otra mitad sobrevivía a codazos en las piscinas municipales.

Ahogada y sin el fresquito del agua cerca, con el ansia de un cachorro en busca de su hueso escondido y acompañada por dos de mis escoltas fraternos, entré en aquel frío edificio. Me acerqué a la recepción y por cuarta vez, en los últimos treinta minutos, pregunté:

¿Ya?

No. Aún no -respondió una joven e inexpresiva azafata-.

No sé si con alivio, o con decepción, sin musitar palabra me retiré del mostrador, mientras en silencio mis guardaespaldas acompañaban mis pasos con su mirada. Me senté en el mullido sofá de piel que apuntaba hacia la puerta de acceso y decidí continuar la espera allí, desde aquel cómodo trono.

A contraluz observaba las sombras que, al entrar a punto de chamusquina bajo los 43 grados que azotaban la calle, se cruzaban con otras que huyendo del siberiano aire acondicionado salían al implacable sol que a la una de la tarde arreaba en el jardín. Con el estómago cerrado por los espasmos de ese amarre indescriptible que trenzan los desastres y entre los escalofríos de las más de treinta horas que ya acumulaba sin dormir, mis ojos, en su afán de consuelo, desorientados brincaban de rostro en rostro buscando alguna mirada cómplice que me ofreciera algo de consuelo.

Dos sombras regordetas atravesaron el umbral de la puerta y acompasadas por el taca taca de sus altos tacones, presurosas se acercaron a la barra de información. Mientras una de ellas fustigaba un chicle dejando ver sus grandes y biliosos dientes, la otra, pintorreada como una puerta, abrió su enorme hocico y preguntó:

¿Ya?

No. aún no -soltó de nuevo la inexpresiva azafata-.

En un intento de calma que impidiera que la desazón me estrangulara el vientre, cerré los ojos y mientras dejé caer mi testa en el cabecero del sofá, sentí como las dos sombras regordetas hundieron sus respectivos traseros en aquel feudo del que, hasta ese minuto, yo fui la soberana.

¿A qué hora lo traerán? -preguntó una de las sombras

¡Espero que no tarden mucho! Helman está como un policía cuidándome el culo y no me apetece tener que dar explicaciones justo ahora. Así es que ya se pueden dar prisa con el muertito, porque tengo que llevar a los niños al campamento -dijo la otra-.images (2)

Constaté que el lobanillo de ansiedad que envestía mi panza no me había agarrotado la curiosidad y quise saber quién se expresaba con tanto mimo de un muerto. Así que, con un ojo a media vela, advertí que era la puerta pintada la que, además de jugársela al tal Helman, tenía cierto interés en que el tanatorio de la M30 inaugurara oficialmente la morbosa exhibición del muertito en cuestión.

En un ilusorio intento de evasión y pretendiendo pasar inadvertida ante los dos espectros, volví a cerrar el ojo y me dediqué a escuchar con atención la diatriba entre la mujer puerta y su amiga de dientes roñosos.

¿Y si te encuentras con la novia? -preguntó la dientes-

Pues nada, que apechugue

¿no te importa?

Si no le importó a él estando vivo, a mí no tiene por qué importarme ella, ahora que él está muerto -largó con evidente desprecio-.

¡Esta pájara es de mucho cuidado! -pensé- y sin abrir los ojos, ni hacer ningún movimiento que pudiese coartar la libertad de expresión de la bicharraca, agucé la oreja para no perder detalle del relato de aquel insensible portón de garaje.

¿Y qué historia le vas a contar a Helman?

Ahora, ninguna – soltó con total indiferencia- Le diré que fui contigo de compras. Más adelante, con calma y cuando tenga claro qué le ha pasado a éste, le contaré algo para que deje ya su película de celos -afirmó la indolente puerta mientras yo pensaba: Helman, creo que encabezas una peculiar y patética variedad de cornudo-.

Pobre, -sentenció la dientes mientras soltaba una risilla maliciosa- la verdad, es que tu marido es un santo, la zorrilla eres tú –dijo, esta vez con especial hilaridad mientras la pelandusca, con desparpajo cómplice y sin ningún reparo, soltó una sonora carcajada-.

Detrás de las risotadas de las dos máculas, alcancé a escuchar la voz de la inexpresiva azafata llamando a los dolientes del señor Mario González a pasar a la sala número tres, donde el difunto ya dispuesto y debidamente acicalado, esperaba la visita de sus dolientes. Un salto del corazón comenzó a palpitar en mi boca y abrí los ojos a la realidad que allí se estaba cociendo. Cuando me disponía a incorporarme para acudir al llamado, observé cómo, la puerta con la que hasta ese momento compartí reino, se levantaba rápidamente mientras su colega la dientes le decía: ¡Vamos amiga, que ese es tu muerto!

La sensación de agua fría que nos recorre el espinazo cuando algo nos asalta, en aquel instante se apoderó de toda mi humanidad y con inusitada gravedad frustró mi deseo de levantarme. Sin musitar palabra y sin poder mover un solo músculo de aquel sillón, comprendí que, además de haber compartido brevemente trono en aquel sofá con la zorrilla, hasta ese momento y no se desde cuándo, también había estado compartiendo novio.

Así que, con más maña que rabia, me volví a acomodar en el sofá mientras sentía cómo el nudo en mi estómago se deshacía lentamente, dejando en mi barriga una peculiar sensación de redención. Sin saberlo y de la forma más ilógica, la puerta me acababa de liberar de un duelo que desde aquella madrugada sentía imposible de superar, luego de que el zafio jefe de urgencias del Clínico me notificara que Mario había ingresado cadáver al hospital.

Esperé un rato allí. Sentada. Sorprendida. Paralizada. Lela. Mientras observaba cómo aquella puerta de doble hoja contoneaba, a ritmo de taconeo, su antiestético trasero por el pasillo rumbo a la sala de velación, pensé en lo majadero que fue Mario, en su triste y desperdiciada vida, en su mundo de mentiras y en su no menos patética muerte. Imaginé a un pusilánime hombrecito llamado Helman, atrapado en la telaraña de su mendaz meretriz y mi pensamiento se detuvo en mí, sentada en aquel sofá viviendo aquella inverosímil realidad como si estuviese atrapada en medio de una película de Almodóvar. Y justo en aquel instante, constaté que sí, que hay muertos malos y que sí, que hay muertos a los que no hay por qué llorar.

¿Vamos? -interrumpió mi reflexión uno de mis ángeles guardianes- Han dicho que Mario ya está en la sala tres.

No. Déjalo. Que a ese muerto lo llore su madre, que estará al llegar -respondí con calma a la vez que grabé con fuego estas palabras en mi mente: Si yo no le importé a Mario estando vivo, a mí él no tiene por qué importarme ahora que está muerto, bien muerto-.← ®

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