Siempre nos llamamos la una a la otra “compañera” y ella, Carmen Lidia Cáceres, mi adorada Carmela, hoy hace seis meses que ya no habita nuestro plano sin que haya un día en que no la recuerde. Por eso quiero publicar el texto que escribí y que se escuchó en la sala Seki Sano de Bogotá en el homenaje que amigos, familiares y camaradas le rindieron el 19 de abril… aquel 19.
Madrid, 19 de abril de 2023
Los 40 grados que azotaban a Madrid en el verano del 2007 nos obligaban a encerrarnos todas las tardes a la sombra de un norme árbol que, desde el patio, se colaba por la ventana del pequeño apartamento que compartimos Carmela y yo en Tribunal, una de las zonas más canallas y con mayor encanto del centro de Madrid. Ella cocinaba quiches y tartas y yo le llevaba cerezas y bizcochos que cogía en sus sitios preferidos. Conversábamos y seguíamos conversando sin parar, hacíamos manualidades, leíamos, comentábamos la actualidad, cantábamos, tomábamos vino, reíamos a carcajadas hasta hacer vibrar aquel viejo edificio, recibíamos a la diáspora colombiana que por aquel entonces pasaba por la ciudad y, el último jueves de cada mes, me decía: “compañera, tenemos que bajar pronto antes de que los gitanos nos ganen de mano” y así, muertas de risa, pateábamos el barrio buscando renovar nuestro reciclado mobiliario.

Dos veranos antes, Carmela había recorrido España recogiendo testimonios del exilio colombiano para escribir, junto a Ana María Guerrero, el libro “Voces del Exilio”. En el verano anterior, con un discurso emotivo y sobrecogedor en el que extraordinariamente resumió toda su larga e intensa historia, con una anécdota de sus hijas y su amado Álvaro en la época de La Picota, presentó la publicación ante una multitud que llenó el salón de actos de la Casa de América. Y, sin saberlo, aunque nuestra amistad ya era sólida, con aquel relato corto y a la vez tan lleno de contenido, Carmela me lanzó la urdimbre que con nudos gordianos amarró nuestros caminos de solidaridad, amistad y respeto hasta el penúltimo día de su vida cuando tuvimos nuestra última y larga conversa.

Creo que su época en aquella casa a la que iban llegando los amigos que encontraban abrazo y comida caliente mientras contaban sucesos del exilio, intrigas políticas y algunas veces hasta penas de amor frustrado, fue una de las más tranquilas y plácidas que tuvo Carmela en esa larga vida de clandestinidad, exilio, persecución, amenazas, exclusión y huidas para salvar su vida y la de sus dos ojitos: su Nana y su Tata del alma. En ese pequeño piso tan personalizado a su estilo, Carmela fue feliz y yo más aun sabiendo cerca a esta mujer tan grande dándome lecciones de resiliencia y dignidad, porque eso fue Carmela, una de las mujeres más valientes y valiosas que he tenido la suerte de encontrar en el camino.

Unos veranos más tarde, sin pensárselo dos veces, llegó nuevamente a mi lado para acompañarme en mis horas más bajas, secar mis lágrimas y sacar de su entraña a la sicóloga que estuvo a mi vera durante todo un año en ese recorrido interior que sin su presencia no habría podido transitar. Ella, con sus quiches, sus sopitas, sus abrazos, sus palabras, sus silencios, su paciencia y su infinito respeto me ayudó a recoger los pedacitos de mi alma que estaban esparcidos por el suelo y juntas, de nuevo, volvimos a reír a carcajadas, a reciclar nuestros muebles, a callejear, a volver a nuestros cines de autor y a seguir tejiendo sueños.
Cuando en el verano del 2021 regresó nuevamente a Madrid y la recogí en el Aeropuerto de Barajas con sus maletas cargadas de pequeños recuerdos y el corazón saltando de ganas por la búsqueda de un nido en el cual echar raíces definitivas en España, le dije: “hasta que volviste a mis brazos, bandida”. Pasamos juntas ese verano y parte del otoño, mientras luchaba por superar todas las barreras que la vida le ponía antes de materializar su sueño persistente de vivir cerca al mar. Volvieron las tertulias, las quiches, las cerezas, las risas, los desayunos largos, las comidas eternas y las cenas de amigos hasta el amanecer. Y, sí que volvió a mis brazos, porque arrunchadas volvimos a hablar de la vida, a contarnos historias, a analizar noticias, a ver películas de autor y a hablar sin tregua de todo lo que estaba pasando a diez mil kilómetros de Madrid y los entresijos de lo que en aquellos meses estaba significando el camino de la izquierda a la presidencia de Colombia.

El año pasado fue nuestro último verano juntas. Vivimos las tertulias previas a las elecciones y sufrimos el parto de lo que significaron las dos vueltas a la presidencia de nuestra patria. Tuve la gran fortuna de estar a su lado la noche en que frente a un televisor saltamos, gritamos y lloramos de alegría con el triunfo de Gustavo Petro. “Creía que me iba a morir y no iba ver esto, compañera” repetía una y otra vez mientras sus lágrimas de alegría no dejaban de caer por los que llegaban y la profunda nostalgia por todos los que se habían ido, por la promesa cumplida de su Álvaro Fayad y tantos y tantos amigos caídos a los que les robaron la vida y con ella sus sueños de un país decente. Junto a los amigos de la causa, en el parque de Las Siete Tetas de Vallecas celebramos el triunfo inmenso y casi imposible de un EME hasta que, en medio del jolgorio, tuvimos que salir corriendo a causa de los aspersores del prado que se empeñaron en refrescarnos más de la cuenta aquella calurosa noche de verano. Felices y empapadas nos fuimos saltando de alegría y esperanza por aquel triunfo histórico y puedo decir sin temor a equivocarme, que esa noche Carmela vivió una de sus grandes alegrías en la vida y yo estuve junto a ella para verla reír y llorar a partes iguales. Sin duda, esa fue su gran noche.
La amé como a esas amigas que son hermanas y a la vez son madres, que acogen, alcahuetean, acompañan, aconsejan y respetan todo lo que a ti se te da la gana ser y hacer. Este verano ya no me traerá a Carmela, ni sus arrullos cómplices, ni su calidez, ni sus abrazos llenos de amor y consuelo, ni su risa que por sí sola contaba mil historias. La luz del sol no brillará igual en su ausencia y no tengo la menor idea de a quién carajos voy a llamar para contarle mis dolores, para comentar las noticias o para divagar de la vida y sus trampas. Tampoco tengo ni puta idea de a dónde ir a buscar su luz, su risa franca y ese humor tan suyo, tan negro, tan de mujer inteligente. Sinceramente, no sé cómo voy a deshacer ese nudo de ausencia que me ha dejado Carmela en esta alma que la está llorando a diario.

Carmela:
Aunque siempre estuviste de paso y sin terminar nunca de deshacer tu alforja, donde habitaste, amiga de mi alma, un nido con olor a hogar y a comida en el horno se erigió para escuchar tu historia, para entender la vida y sentir esa solidaridad que sólo las mujeres que han vivido el dolor de la guerra saben desplegar. Cuando por fin encontraste el nido para echar raíces cerca de tus niñas y lejos de esa patria que con tanta alevosía te embistió, como una monumental trastada elegiste abril para marcharte en silencio, sin previo aviso y muy de mañanita, dejándome huérfana de ti y con estas ganas que me están rompiendo cada vez que quiero hablar contigo y no te encuentro.
Compañera en mi vida y de mi corazón: me quedo con tu risa ronroneando por mi casa, tu canturrear en mi cocina, tus charletas mientras callejeamos, tus siestas en mi sofá, tu dulzura al prepararme el tintico en la mañana y el amor que me regalaste impregnado en cada rincón que habito. ¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre, compañera, hasta siempre!

Simple y llanamente dulzura para el alma, historias que dejan huella y el privilegio de tener personas que con su amor y respeto comparten el reconocimiento de su legado. Abrazo!
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Que homenaje tan hermoso a Carmela, que linda amistad y que buena forma de dejar su nombre en el recuerdo de los que poco la conocimos. Te mando un abrazo y nuevamente te felicito por tus excelentes escritos.
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