Y, pensándolo bien… es un espacio público que tejo con mi YO íntimo… es la ventana por la que me asomo y pienso en voz alta mientras el universo fluye…y yo con él
Happy Birthday to you, Happy Birthday to you, Happy Birthday…
-Vamos a bajarle al entusiasmo, Flaqui, que las noticias confirman lo que nos temíamos-.
Entonces… todo cambió
Una nube de hielo muy negro y pesado envolvió mi cuerpo y mi pensamiento y sentí que un eco extraño retumbaba en mis oídos.
Un segundo eterno se hizo silencio
Supongo que él soltó su bomba y, esperando mi reacción, guardó silencio.
Yo, enmudecí y en unos pocos segundos miles de recuerdos atravesaron ese nubarrón que ya me ahogaba en la garganta, revoloteando en mi cabeza a velocidad incontrolable e impidiendo que pudiera reanudar de manera coherente aquella improvisada serenata telefónica. El Happy Birthay que a lo largo de los últimos 25 años le canté cada 24 de octubre, se quedó congelado en el ‘y que cumplas muchos más”.
Dicen que la conciencia de la finitud solo se experimenta cuando nos encontramos frente a frente con la muerte y que ella, sabedora de su absoluto poder de derribo, como la peor de las guasonas nos mira a los ojos y nos reta. Esa huesuda aparece sin aviso y nos despoja de toda alegría, nos roba, nos asalta por la espalda y nos tira al suelo con saña. Nos asfixia, se ríe de nosotros mientras nos dispara a bocajarro y en menos de un segundo nos destroza la paz y, con ella, también un pedacito de la vida. Porque sí, porque el dolor por cada uno de nuestros amores que se lleva su guadaña nos acorta de alguna manera la existencia. Porque sí, porque con ellos, la muy maldita también nos mata un poco por dentro.
Siempre nos llamamos la una a la otra “compañera” y ella, Carmen Lidia Cáceres, mi adorada Carmela, hoy hace seis meses que ya no habita nuestro plano y no hay un día en que no la recuerde. Por eso quiero publicar el texto que escribí y que se escuchó en la sala Seki Sano de Bogotá en el homenaje que amigos, familiares y camaradas le rindieron el 19 de abril, aquel 19.
Madrid, 19 de abril de 2023
Los 40 grados que azotaban a Madrid en el verano del 2007 nos obligaban a encerrarnos todas las tardes a la sombra de un norme árbol que, desde el patio, se colaba por la ventana del pequeño apartamento que compartimos Carmela y yo en Tribunal, una de las zonas más canallas y con mayor encanto del centro de Madrid. Ella cocinaba quiches y tartas y yo le llevaba cerezas y bizcochos que cogía en sus sitios preferidos. Conversábamos y seguíamos conversando sin parar, hacíamos manualidades, leíamos, comentábamos la actualidad, cantábamos, tomábamos vino, reíamos a carcajadas hasta hacer vibrar aquel viejo edificio, recibíamos a la diáspora colombiana que por aquel entonces pasaba por la ciudad y, el último jueves de cada mes, me decía: “compañera, tenemos que bajar pronto antes de que los gitanos nos ganen de mano” y así, muertas de risa, pateábamos el barrio buscando renovar nuestro reciclado mobiliario.
Presentacion del libro «Voces del Exilio». Verano 2006
Dos veranos antes, Carmela había recorrido España recogiendo testimonios del exilio colombiano para escribir, junto a Ana María Guerrero, el libro “Voces del Exilio”. En el verano anterior, con un discurso emotivo y sobrecogedor en el que extraordinariamente resumió toda su larga e intensa historia, con una anécdota de sus hijas y su amado Álvaro en la época de La Picota, presentó la publicación ante una multitud que llenó el salón de actos de la Casa de América. Y, sin saberlo, aunque nuestra amistad ya era sólida, con aquel relato corto y a la vez tan lleno de contenido, Carmela me lanzó la urdimbre que con nudos gordianos amarró nuestros caminos de solidaridad, amistad y respeto hasta el penúltimo día de su vida cuando tuvimos nuestra última y larga conversa.
Si la felicidad es esa mariposa que va y viene revoloteando entre el corazón y el estómago cuando nos maravillamos ante algo, que nos afloja esa lágrima de ternura en la que sentimos que nos derretimos por dentro, que sin ton ni son nos desata esa carcajada que ilumina nuestros ojos y con la que nos sentimos gigantes y, es la misma que hace que nos perdamos durante largas horas en la contemplación de esa cosita con la que nos vibra el alma, puedo decir, entonces, que estoy siendo feliz. Muy feliz.
Creo firmemente en la sincronicidad del universo y en que el destino, irreductiblemente, pone frente a frente a las almas señaladas para el encuentro. Creo rotundamente que no existen las casualidades y que el refrán “cuando toca, ni aunque te quites y cuando no toca, ni porque te pongas” es una certeza tan grande como un templo. Y creo, también, que en mi libertad elegida hay más de responsabilidad que de miedo. Responsabilidad, porque los compromisos, cuando se arrogan, se deben tomar como si de ello dependiera nuestra vida, si no, entonces ¿qué cosa es esa?
Tomar la decisión de invitar una compañía a mi vida me llevó varios años de devaneo y cada vez que lo pensaba, el vacío de la enorme responsabilidad que se podía venir, me echaba para atrás. Con lo cual, siempre que le daba vuelta al asunto, la vocesita de mi conciencia me frenaba en un insistente “sí, pero no”.
Cuando entraste en casa aquella tarde, no sabía yo que volvías para irte. No sabía yo que volvías para abrazar con fatiga, para amar con desgano, para estar sin estar. No sabía yo ¡que volvías para apurar lo inconcluso!
Y llegaste para irte
Y entonces, mis ojos se fijaron en tu estar difuso y comprendí que éste era el agur que dejamos suspendido hace tiempo. Mi mirada acompañó tu partida sin sentir dolor, sin rabia, sin angustia y el rencor pasó de largo. Y entonces, la apatía se fue de fiesta
Y decidí recordarte con agradecimiento por las promesas no selladas, por los “te quiero” no pronunciados, por los abrazos no dados, por los besos no sentidos, por los suspiros con destino ajeno y por todo, todo lo revelado en tu mirada perdida
Devolví tú risa al universo y deposité en la tierra tu pasión perdida. Entonces abracé con mi alma tu recuerdo y vestí con mi alegría la nostalgia por lo que murió en su segundo intento
¿Y luego?
Luego tiré la almohada que ahuecaste, rompí los libros que leíste y en tu taza de café sembré una planta que hoy florece
El calor del verano llenará los vacíos y encenderá de nuevo la lumbre que se nos apagó en las manos ¡seguro!
¿Y en el otoño? ¡en el otoño a otra cosa!
Gracias por llegar con el invierno y marcharte en primavera.
→Fue un domingo de plan familiar frente al televisor. Emocionados vimos en nuestro recién estrenado Phillips, cómo un mastodonte de ocho plantas y cuatro mil ochocientas toneladas era desembrado de su terreno y removido 29 metros al sur en una ciudad que, para el año 1974, comenzaba a crecer por sus extremos -físicos y metafóricos- y necesitaba unir el oriente con el occidente para dar paso a la turbulenta calle 19 del centro de Bogotá, la ciudad que me parió (la primera vez). Sigue leyendo →
Aquel año las estadísticas señalaron un asfixiante aumento en las temperaturas del verano. Los termómetros no paraban de subir y el asfalto rezumaba ese olor a brea que tarde a tarde amenazaba con derretir nuestros pulmones. Despertaba agosto en Madrid y los pocos cristianos que impávidos custodiábamos la ciudad, sentíamos que el sol nos achicharraba el cerebro cada vez que pisábamos la calle. Eran días en que media ciudad se torraba en las playas mediterráneas y la otra mitad sobrevivía a codazos en las piscinas municipales. Sigue leyendo →
→Llevaba años buscándote y no paré hasta encontrarte. Conocí tu habilidad para mimetizarte, para hacerte cada vez más pequeñita, para invisibilizarte. Se de tu destreza en esconderte en cuanto recoveco del camino has encontrado y percibí tu talento para ocultarte entre los surcos que en mi piel ha venido dejando la vida.Sigue leyendo →
→Hay amores que ganamos, o regalamos, por extensión. Amores porque sí, que vienen a sumar, que nos llegan heredados, que se asumen sin más, que se reciben sin mediar justificaciones, que se aceptan como hechos naturales en nuestra existencia y en los que no caben preguntas porque no existen respuestas para tanto que nos llenan.
Hay amores que hacemos extensibles a través de otros existentes, que se alargan más allá de toda creación y todo tiempo. Amores que germinan naturales, que damos sin esperar nada pues la razón de su existencia es algo que nunca nos planteamos. Amores originales, que sentimos dentro desde siempre y para siempre, esos que nos hacen creer que estaremos aquí, habitando el mundo, aun más allá de nuestro último aliento.Sigue leyendo →