Si la felicidad es esa mariposa que va y viene revoloteando entre el corazón y el estómago cuando nos maravillamos ante algo, que nos afloja esa lágrima de ternura en la que sentimos que nos derretimos por dentro, que sin ton ni son nos desata esa carcajada que ilumina nuestros ojos y con la que nos sentimos gigantes y, es la misma que hace que nos perdamos durante largas horas en la contemplación de esa cosita con la que nos vibra el alma, puedo decir, entonces, que estoy siendo feliz. Muy feliz.
Creo firmemente en la sincronicidad del universo y en que el destino, irreductiblemente, pone frente a frente a las almas señaladas para el encuentro. Creo rotundamente que no existen las casualidades y que el refrán “cuando toca, ni aunque te quites y cuando no toca, ni porque te pongas” es una certeza tan grande como un templo. Y creo, también, que en mi libertad elegida hay más de responsabilidad que de miedo. Responsabilidad, porque los compromisos, cuando se arrogan, se deben tomar como si de ello dependiera nuestra vida, si no, entonces ¿qué cosa es esa?
Tomar la decisión de invitar una compañía a mi vida me llevó varios años de devaneo y cada vez que lo pensaba, el vacío de la enorme responsabilidad que se podía venir, me echaba para atrás. Con lo cual, siempre que le daba vuelta al asunto, la vocesita de mi conciencia me frenaba en un insistente “sí, pero no”.
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