Happy Birthday to you, Happy Birthday to you, Happy Birthday…
-Vamos a bajarle al entusiasmo, Flaqui, que las noticias confirman lo que nos temíamos-.
Entonces… todo cambió
Una nube de hielo muy negro y pesado envolvió mi cuerpo y mi pensamiento y sentí que un eco extraño retumbaba en mis oídos.
Un segundo eterno se hizo silencio
Supongo que él soltó su bomba y, esperando mi reacción, guardó silencio.
Yo, enmudecí y en unos pocos segundos miles de recuerdos atravesaron ese nubarrón que ya me ahogaba en la garganta, revoloteando en mi cabeza a velocidad incontrolable e impidiendo que pudiera reanudar de manera coherente aquella improvisada serenata telefónica. El Happy Birthay que a lo largo de los últimos 25 años le canté cada 24 de octubre, se quedó congelado en el ‘y que cumplas muchos más”.
Y, luego, para mí todo fue nostalgia
El amor
Hay amores que nos cambian la vida y hay amores de la vida. El Flaco fue para mí las dos cosas. Yo tenía la puerta abierta y él entró como un Quijote, alto, flaco, elegante, ataviado con su pañuelo al cuello y con el verbo por escudo, como un vendaval revolucionándolo todo y poniendo mi vida y mi mundo de cabeza.
La primera vez que nos miramos supimos que nuestro encuentro no iba a ser fugaz. Él, se la jugó por no dejarme escapar y yo, aposté por unos ojos verdes en los que solo veía el mar. Sin grandes planes, sin paracaídas, sin ruta, sin redes, sin miedo, me agarré de su mano y el 1 de septiembre de 2001 atravesé el portal de la Rúa 13 de Oviedo, la capital del Principado de Asturias. Dejé atrás familia, trabajo, una vida llena de planes, de actividad, de cosas, de amigos, de afectos, para vivir mi particular cuento de hadas junto a aquel hermoso príncipe ante el que solo tuve una opción: enamorarme hasta las trancas.
Nuestra primera, de muchas, larguísimas y profundas conversaciones fue a la salida de la ópera. Luego de ver Aída, en el Teatro Jorge Eliecer Gaitán, nos apoltronamos en el bar de Casa Medina de Bogotá a eso de las diez de la noche y terminamos cerca de las seis de la mañana del día siguiente. Agotamos, yo las existencias de cerveza y él las de café. Yo acabé mis cigarros mentolados y cuando él terminó con sus Habanos, comenzó con la pipa. Envueltos en una nube de vainilla nos contamos la vida y algunos secretos inconfesables y él, con una honestidad apabullante, abrió en canal su historia de alcohol aparcada dos años atrás. No hizo promesas de eternidad y con más prudencia que orgullo aseguró que, por ese día, no bebería.
Nos unieron las ganas de ser felices, de cuidarnos, de querernos, de acompañarnos, de ayudarnos y de vivir nuestro cuento. Cuatro años más tarde nos separó el alcohol y, por mi parte, una rabia enorme al ver desecho mi sueño y diluido mi proyecto de vida junto a aquel príncipe que se me había perdido en litros y litros de wiski y, al que, de manera intermitente, la bebida me devolvía convertido en sapo. Él no pudo pilotear su enfermedad y yo no supe pilotear mi dolor. Así es que después de muchas conversaciones, perdones, promesas, reproches y mares y mares de lágrimas, nos dijimos ‘hasta pronto’ y nos retiramos a los cuarteles de invierno a curar nuestros dolores mientras cada cual, a su manera, zurcía sus heridas como y con lo que podía.
La segunda parte
Cuando mi dolor se curó y él recobró lucidez, nos acercamos de manera distinta. Nos perdonamos y aquella conexión profunda permitió que continuáramos con nuestra historia para hacernos refugio cálido, pero desde otro lugar, porque nos amamos siempre y de mil formas. Volvieron nuestras largas conversaciones, nuestras confidencias, nuestros viajes juntos, la ópera, los libros compartidos o la seguidilla de horas y horas al teléfono -él contando sus recaídas etílicas y yo, contando mis recaídas sentimentales-. Del amor pasional pasamos a una amistad entrañable, auténtica, sin máscaras, sin juicios, con respeto y con total aceptación. Nos descubrimos en la enormidad de la hermandad y para mí esa fue la gran revelación de mi vida. Saber que después de un amor convulso se puede volver a querer, pero de manera distinta, desde otra orilla muy suave, es una oportunidad que la vida me concedió junto con otros tantos regalos que llegaron con el Flaco.
Los regalos
El Flaco me regaló la llave a este país y me abrió la puerta, me ayudó a explorarlo, a conocerlo, a entenderlo. Me enseñó sus palabras, sus modos, sus tiempos, sus formas, sus maneras, sus costumbres, sus tradiciones y muchos de sus códigos para que no me perdiera en la marisma de la inmigración y me dio un lugar de privilegio en su cosmos. Me descubrió sus sabores, sus colores, su historia, su música y me introdujo en su sociedad por la puerta grande para hacer que mi vida en España no me resultara agreste.
El Flaco me regaló la oportunidad de descubrirme valiente y eso, más que un regalo, ha sido un premio, porque le perdí el miedo a volar, a dejar el nido y la comodidad y a volver a empezar una y otra vez. Le perdí el miedo a la oscuridad, al silencio, a la soledad, a los fantasmas que aparecen en las noches sin luna. Le perdí el miedo al fracaso, al quebranto del amor, a los abrazos que se esfuman y a los besos que se niegan.
El Flaco me regaló la inmensa posibilidad de conocerme, de mirarme en mi interior, de escarbar en mis emociones, de revelar mi esencia, de sondear mis contradicciones, de enfrentar mis traumas, trabajarlos, estrujarlos y aun con frustración y cansancio, desmenuzarlos para no esconderlos. Nuestra relación abrió la puerta que me llevó directamente a mi interior y a tomarme en serio el trabajo de mi ser.
El Flaco me regaló el inmenso, el inmensísimo descubrimiento del perdón y la lucidez de la comprensión de que todos, todos los encuentros en nuestra vida llegan para y por una razón y que detrás de cada futuro frustrado, hay un “para qué” al que debemos espacio de reflexión.
El diagnóstico
De los cuatrocientos doce días que siguieron a aquella llamada, hablamos prácticamente todos. Como buen intelectual se ocupó de informarse y leer cuanto estudio médico, investigación y pruebas posibles iba encontrando sobre el cáncer de páncreas, aun teniendo la certeza -valiéndose del lenguaje taurino al que tanto recurría- que esa era la estocada final. Con su característico humor negro y la alta dosis de sarcasmo que impregnaba a todo lo que tocaba su vida, con firmeza, con entereza, con elegancia, con desapego y con una aceptación apabullante que más que sorpresa causaba admiración, se preparó para recibir la parca a puerta gayola.
Lo primero que hizo fue comprar una trituradora de papel, llamar al notario, escribir sus esquelas y, como no podía ser menos, dejar redactado su epitafio. Llamó a sus amigos más cercanos y se dedicó a leer todo lo que le faltaba por leer. Paró de escribir la novela en la que empeñó sus últimos años porque entendió que el tiempo apremiaba y que ya no habría lugar, ni cabeza, para terminarla. Con la disciplina y rigurosidad de las que hizo su sello personal, organizó la agenda de citas, analíticas, tratamientos, controles e idas y venidas a Pamplona, a la clínica oncológica en la que, por debajín, puso todas esas esperanzas que nunca confesó.
El conteo regresivo
En diciembre, dos meses después de la confirmación de su diagnóstico, se plantó en Madrid para invitar a familia y amigos a ver a su admirada Beatriz Díaz protagonizar La del Manojo de Rosas, en el Teatro de La Zarzuela y, aunque la cornada ya comenzaba a dejarse ver, él no quiso faltar a la cita que hacía meses había fijado en todas nuestras agendas y creo que no solo yo, sino que todos los presentes aquella noche, supimos que ese era el primer tercio de varas y la antesala a la despedida.
A los pocos días fui yo la que me planté en la Rúa 13, su casa y la que por unos años también fuera la mía. Le presenté a Pedro y se hicieron amigos. Pasamos diez días juntos, viviendo como en nuestros mejores tiempos, frecuentando sus restaurantes favoritos, yendo al cine, perdiéndonos en las librerías, buscando curiosidades en tiendecitas de viejo, comprando flores, tomando café en pequeños barecitos, comprando periódicos y revistas, recibiendo visitas, quedando con amigos a la hora del café, a la de los churros o la del vermú, jugando con Pedro y, a la sombra del gran poster de La Pasionaria que presidía su salón, después de cada telediario, poniendo todo nuestro empeño en analizar la política de aquí y la del otro lado del mar.

Aquellos días fueron el preludio a su primera quimio. Una semana más tarde, comenzaron sus idas y venidas a la Clínica de Navarra y las mías de Madrid a Oviedo para acompañarlo en sus horas bajas luego de cada chute y durante los once meses que duró el declive. Conversaciones eternas, unas tristes o entrañables, otras motivantes o esperanzadoras, algunas llorosas y muchas salpicadas de sonoras carcajadas, pero en todas, solo estábamos ahí para regalarnos compañía, presencia, solidaridad, ternura y mucho amor. Sabía muy bien el significado del “arrunche” colombiano y para sus siestas Pedro y yo nos quedábamos junto él muy quietecitos velando su sueño y en nuestros desayunos, mientras escuchábamos las noticias, le acariciaba sus largas y huesudas manos y él me regalaba, como la primera vez, todo el mar del planeta en su mirada.
Pronto llegaron las noches de interminable insomnio, las náuseas, la inapetencia, los temblores, los dolores, los silencios eternos, mucha ópera de fondo y, en su obsesión de publicista por el detalle, la descripción descarnada de cada uno de sus síntomas y de cada una de las reacciones de su cuerpo al veneno inoculado cada dos semanas.
De su desaprensión a la trascendencia del alma, pasamos a sus largas disertaciones sobre la posibilidad de la existencia de otro plano, uno más allá. De su distancia con la religión, al respeto por la posible existencia de un dios. De mi insistencia en que, si había un túnel y podía atravesarlo, si era cierto que allí lo iban a estar esperando unos seres de luz, buscara la forma de hacérmelo saber -eso sí, nunca cesé en mi advertencia de que “ni se te ocurra asustarme”- a su promesa, poco menos de un mes antes de irse, de que sí, que vendría a contármelo.
El final
De su seguridad de que el día en que entrara de urgencia a un hospital, de allí no saldría, a la certeza de que efectivamente, así fue. Llegó el día al que tanto le hizo el quite y, por su propia cuenta, llamó a la ambulancia. En cuanto pude estar, estuve. Cuando entré en la habitación, me estaba esperando sentado en una silla junto a la ventana, mirando las montañas que se metían por la cristalera de aquella habitación en la cuarta planta del Huca. Con una sonrisa más de pena que de otra cosa, la enfermera me dijo que había pedido que lo dejasen allí porque “Esta tarde me llega la visita de Madrid”. Así es que me aseguré de que esta visita le suavisara, en lo posible, su estancia en aquel lugar al que tanto esquivó e interpretando su sentencia, entendí que había llegado el momento.
Llamé a sus amigos más cercanos para que no se perdieran el último abrazo; le puse a su adorado Alfredo Krauss, a su amado Carlos Cano y me dediqué a quererlo, a acompañar sus últimos días con amor. En silencio. Con presencia. Siendo testigo de cómo sus ojos se iban perdiendo en el fondo del mar y su mirada se iba serenando; advirtiendo cómo su presencia grande y fuerte se iba consumiendo ante mi impavidez; presenciando cómo el hombre que una vez fue mi príncipe se iba apagando y en ese hilito de vida que le quedaba, también se iba desvaneciendo lo que un día fue mi cuento de hadas. Con la merma de aquella existencia se diluía una parte muy importante de mi historia y se escapaba un trocito de mi memoria y, un cuarto de siglo, de lo que puede ser mi existencia se iba pegado a su piel.
El flaco se fue el jueves 11 de diciembre pasado, catorce meses después de la confirmación de su diagnóstico y la noticia, que me pilló regresando a Madrid, me cayó como si una montaña de cristales rotos se me viniera encima aplastándome sin tregua. Nunca pude enseñarle a bailar, pero sí que acogió como suyos los patacones, la yuca, el café con clavos y canela y se apropió del “bacano” como si lo hubiese aprendido en los párvulos.
No recuerdo cuántas horas estuve inmóvil sentada frente a nuestra primera foto juntos. Cuando recobré un poco de aliento y sin saber qué hacer con tantos recuerdos que flotaban de un lado a otro en mi cabeza, me metí a la cama y caí en un sueño profundo. Esa misma noche cumplió la promesa que, a regañadientes, le arranqué unos días atrás y de dos formas distintas me hizo saber que sí que había algo atrás de la luz.
El epitafio
Para nadie fue un secreto que al Flaco le encantaban los epitafios, que los coleccionaba y que a cada muerto él le escribía, no uno, sino varios y cada cuál más sarcástico que el anterior. Para nuestra despedida en este plano no se si haya escrito alguno y a mí se me ocurre que un epílogo digno es decir que fuimos dos que, sin buscarlo, encontraron infinitas formas de quererse y tejieron una historia ante la que muchos, con curiosidad y asombro, siempre se preguntaron: ‘Y estos dos ¿qué?’.
Nuestro vínculo se selló con la Aída, de Verdi, y no creo que haya terminado el pasado 11 de diciembre. La suya es una ausencia extraña, como extraña es la sensación que tengo de que siempre está aquí, sentado frente a mí, en su sillón orejero, cruzado de pierna con su pipa en la mano, mirándome en silencio. Su ausencia dibuja una sombra que me acompaña con su perfume tras de la que voy yo, triste, recogiendo trocitos de nuestra inusitada historia.
Tengo su foto en mi altar, junto a la de mis otros muertos y a veces sueño que me llama por teléfono y cuelga. Otras, que me llama y llora y me dice cosas ininteligibles. En otras ocasiones, siento que se detiene junto a mi cama y con sus ojos muy abiertos me observa con curiosidad; cuando Pedro salta asustado y me despierta, sé que es él el que ha venido a verme, así que sin abrir los ojos y sin moverme, le hablo bajito y le digo: Ven, Flaco, quédate aquí un ratico conmigo y arrúnchame.
El gran logro de su vida no fue haber sido uno de los mejores creativos de Asturias, ni su agencia de publicidad, ni construirse una hermosa y original morada… nada… su gran triunfo de vida, del que hablamos muchas veces en los últimos tiempos, lo incluyó en su epitafio. Trasegó los últimos años de su existencia en el dique seco, sobrio, lúcido, dedicado a leer, a la música, a su libro, a conversar con sus amigos, a disfrutar de su palacete con el placer de haberle cumplido a la vida y así mismo en su empeño incansable por alcanzar la sobriedad. Para mí, la gran alegría fue haberlo podido corroborar y haber estado junto a él para celebrarlo. Nuestro gran logro juntos fue haber encontrado maneras distintas de mirarnos, de querernos y entendernos, siendo conscientes de que no teníamos nada, pero siempre con la sensación silenciosa de que lo teníamos todo.
Misael Campo Fernández es la génesis, la huella y el epílogo con que el universo encontró la manera de traerme y plantarme en esta tierra ibérica en la que me hice la mujer que hoy soy. A él todos los honores por haberme agarrado de su mano y no soltarme hasta que mis alas tomaron fuerza y me permitieron volar en solitario, aunque con este duelo ahora me sienta un poco viuda y un poco sola.
Entra, que aquí puedes añadir contexto a esta historia:
La cepa: https://ypensandolobien.com/2019/12/26/la-cepa/
La Amenaza: https://ypensandolobien.com/2015/10/23/la-amenza/



