LA FINITUD

Dicen que la conciencia de la finitud solo se experimenta cuando nos encontramos frente a frente con la muerte y que ella, sabedora de su absoluto poder de derribo, como la peor de las guasonas nos mira a los ojos y nos reta. Esa huesuda aparece sin aviso y nos despoja de toda alegría, nos roba, nos asalta por la espalda y nos tira al suelo con saña. Nos asfixia, se ríe de nosotros mientras nos dispara a bocajarro y en menos de un segundo nos destroza la paz y, con ella, también un pedacito de la vida. Porque sí, porque el dolor por cada uno de nuestros amores que se lleva su guadaña nos acorta de alguna manera la existencia. Porque sí, porque con ellos, la muy maldita también nos mata un poco por dentro.  

Ya sé lo que es el dolor de perder a una pareja, la tristeza infinita de perder a mi padre o el desconsuelo de perder a una amiga del alma. Ya sé lo que es sentir que el dolor de algo que se me murió por dentro me pusiera de rodillas y que la parca canalla me enrostrara con su profunda crueldad el más bellaco significado de la finitud. No hubo ni habrá nada que me confrontara más con lo etéreos y fugaces que en realidad somos, que descubrir que la muerte y su implacable hoz, sin ningún miramiento y a hurtadillas asaltó mi casa y sin permiso alguno se llevó a esa cosita pequeña que apareció en mi vida con el nombre de la felicidad.

Mi Happy, esa compañerita de mis días a quien amé desde el minuto uno, despertó en mí la más inagotable de las ternuras. Con su dulzura vino a enseñarme que el amor a un “perrhijo” es la más grande posibilidad de conocernos mejor y me permitió descubrir espacios en mi corazón a los que jamás nada, ni nadie, había entrado, porque ni yo misma sabía que aún tenía ventanas de mi ser pendientes de apertura. Le inventé canciones y todos los días de su vida, de nuestra vida juntas, le canté a lo loco y con todo el histrionismo que me fue posible, que era “mi amor chiquito acabado de nacer”. Con la mayor de las devociones y sin venir a cuento, le canturreaba al oído “¿qué es lo que quiere la nena, qué va a pedir mi princesa?”. Ella, con una devoción indescriptible y sin apartar sus ojitos de los míos, al escuchar mis risotadas se dedicaba a escudriñar ese algo que encontró en mi alma y que con meticulosidad de relojero tenía por tarea analizar. Y sí, mi Happy era mi nena. Y sí, también fue mi princesa.

La amé con todo lo bonito que encontré en mi ser. La mimé hasta decir basta y disfruté cada segundo de su presencia en mi vida, tan silenciosa como reparadora, porque tuve siempre la total certeza de que había llegado a mi existencia para ayudar a escribir mi historia, para sanarme cosas, para enseñarme unas y, con su muerte descubrí que también había venido para llevarse otras. No me consuela pensar que marchó al terminar su cometido conmigo, porque nunca dejaré de sentir que merecíamos más tiempo juntas y que nos faltó darnos más, pues siempre me quedará esa sensación ruinosa de que todo lo que vivimos se quedó muy corto, demasiado corto. Hoy sé que interiorizar que la vida a veces nos casca por donde más nos duele es un acto que nos despoja de ego, que nos desnuda la existencia exponiéndonos con el corazón abierto y con el alma en llagas para darnos la más grande lección de humildad que nos corresponde aprender por el camino.

Su partida fue un huracán que pasó arrasándolo todo. La parca tocó a mi puerta y se llevó a mi Happy. Enredados en sus pelitos, mi Happy se llevó momentos y, para mi sorpresa, también arrastró presencias. Su muerte revolucionó mi existir y por un tiempo lo dejó en blanco y negro, suspendió mi cotidianidad y revolcó mi entorno. Su partida convulsionó mis días, me opacó la risa, nubló mis pensamientos y aturdió mi coherencia. Su ausencia repentina me canceló proyectos, me desbarató rutinas, cuestionó mis emociones y estrujó mis sentimientos reacomodando todo, absolutamente todo a mi alrededor. ¿Y qué pasó entre tanto? Que me vacié en lágrimas y solo supe llorar y llorar y solo pude seguir llorando. ¿Y después? Volver a llorar mientras aprendía a engañar esa puta tristeza que me invadió la vida.

Con la certeza de que ese ser pequeñito y vulnerable vino para desvelar lecciones en los cuatro años que me acompañó el camino, puedo asegurar que el gran aprendizaje me lo dejó en su adiós y, a un año que se hace hoy de su partida, sigo desentrañando las significancias de todo aquello que se fue con Happy y de todo aquello que a voluntad propia se marchó tras ella. Daños colaterales le llaman algunos. Yo, evolución interna o equilibrio de energía, depende. No lo sé. Tal vez nunca lo averigüe. Tal vez la pregunta del ¿por qué? se enquiste dentro y un día me canse de esperar respuestas. O, quizá, cuando deje de pensar en ello determine que lo que sea llegará a destiempo. No lo sé. Todo seguirá siendo según me toque el día.

Happy se fue un lluvioso martes 18 de junio del 2024. Me despedí de ella a las nueve de la mañana y, como todos los días, le prometí que regresaba pronto. Antes de las tres de la tarde que volví a mi casa la encontré muerta y ya todo se tornó muy raro. Enloquecí. Grité con todas mis fuerzas. Maldije. Me llené de rabia y me rompí por dentro. Perdí el apetito y el sueño y hablar se me hizo un tormento. Le lloré a la luna y consulté al oráculo, pero nada. No pasó nada. Comenzó el silencio y con él la total certeza de que ya no estaba. Cuestioné a la vida y reproché a la muerte y en nada, en nada encontré consuelo.

Hay días en que le hablo como si aun estuviera aquí conmigo, la imagino acostada en su banana, le canturreo por lo bajito su canción bonita y si afino un poco el oído, me parece escucharla ladrar como si todavía estuviese aquí, pegadita a mí desentrañando mi vida y desenredando los nudos de mi espíritu con aquella mirada tan profunda con que me observaba.

En esos días en que lo inexplicable de las ausencias duele, la imagino llamando mi atención con sus patitas como acostumbraba e inventando formas para decirme que todo es correcto, que la montaña rusa en la que con su muerte se subió mi vida ha tenido los vacíos correctos, exactos, perfectos, simétricos; que los altibajos han estado a la medida y que el vagón que me tocó aquel día llevaba mi nombre y era, efectivamente, el que me correspondía. A veces, cuando despierto y abro los ojos, pienso que ese día obtendré respuestas, pero no, el tiempo pasa y solo hay silencio ¿Y después? Más silencio.

Happy sigue estando y siempre va a estar conmigo. En otro estado. En otra forma. En otro mundo. Pero siempre seguirá aquí, porque aquí, habitando mi vida es donde la necesito.

Mi Happy, mi niña hermosa:

“…Te amé toda tu vida y te amaré por el resto de la mía…»

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