Hasta pronto, Guerrera

El pasado 27 de noviembre Martha Lucía Villa cumpliría un año más de vida intensa, pero decidió que se tenía que ir antes. Y se fue con la luz y en su estela dejó su risa constante, su valentía, la fuerza de sus pasiones y la imagen de su pies flotando en una pista de baile

 Y pensándolo bien, tal vez no sea de buen uso entrar en un lugar con una despedida, pero como para una labor tan anárquica como es la escritura no existen cortapisas, comienzo este camino y pongo voz a mis pensamientos más íntimos despidiendo a una mujer valiente. A una mujer guerrera. Así que como si se tratase de una oración iniciática, de esas a las que se les atribuye conexiones cósmicas, hoy, ya que por fin tengo la valentía de exponer públicamente mis pensamientos más íntimos, pongo altavoz a lo que escribí para ella el pasado 8 de agosto, día de su último adiós.

Hoy es el día de la luz. De la amistad. Debe ser el día de la alegría. Tiene que ser el día de la vida, de la risa que espontánea se dibuja en nuestros ojos, del recuerdo que ya nunca se va del alma. Hoy, en la distancia y con mi corazón roto, despido a esa mujer valiente, valiosa, valerosa, amplia en amor, grande de corazón; generosa en afectos, en sentires, en amores, en pasiones, derrochadora de alegría y quien hizo del sentido del humor su marca personal.

Hoy, a casi diez mil kilómetros de distancia despido a esa Guerrera, a esa Lady Laura, a esa María Luisa, a esa Margoth, a esa Patricia, a esa mujer que sola encerró un poco de todas las Venus, las Afroditas de ayer, de hoy, de siempre. A esa mujer que sola y por sí fue Isis, Artemisa, Lilit. Hoy le digo hasta pronto a esa hija de Baco, a esa Cibeles que tuvo todo y nada del Olimpo. Hoy, le digo hasta pronto a mi amiga, a mi hermana, a mi comadre, a mi maestra en fortaleza, a mi protectora en la tempestad y a mi instructora en supervivencia.

Gracias Martha Lucía por tanta, tantísima vida compartida, disfrutada, gozada, reída, llorada, sufrida, bebida, bailada. . . Gracias por enseñarme cómo son las mujeres valientes, fuertes y generosas. Gracias porque me diste solidaridad sin límites, comprensión constante, compañía permanente y amor a raudales. Gracias por haberme regalado tu confianza durante tantos y tantos años vividos y sentidos. Por las risas, pero también gracias por las lágrimas compartidas. Gracias por adoptarme en tu familia y por haber hecho tuya la mía.  Pero sobre todo Señora, gracias por ese hijo que la vida me regaló a través de ti y a quien desde antes de nacer ya me confiaste. Vete tranquila porque la promesa que te hice un día hace ya veintiocho años hoy te la refrendo: Lo cuidaré, lo protegeré y lo querré siempre, como ha sido y como seguirá siendo. Así, mientras viva. Así, hasta el día en que tú y yo nos encontremos de nuevo y reanudemos la fiesta que fue la experiencia de nuestro encuentro.

Mientras te escribo reflexiono y reconozco que he comenzado a extrañarte mucho, pero mucho antes de tu partida. Fueron tantas las cosas gratas que vivimos, tanta lágrima de risa, tanta la complicidad sentida y fue tanta la intensidad de nuestra hermandad de los días y las noches en los años locos, que la certeza de que ya nunca más estarás, hace que la ausencia absurda de los últimos años duela como sabes que duelen los días sin sol.

En nuestro siguiente encuentro, porque estoy segura que habrá un siguiente encuentro en otra vida, en otro cosmos, en otro lugar, espero ser menos egoísta, menos orgullosa y para esa vez te prometo ser mucho, muchísimo más humilde. En nuestro siguiente encuentro, te prometo, seré mejor amiga; sabré ser, la hermana que siempre viste en mí.

Ve con la luz Doña Bella y regálame la última alegría hecha seguridad de que nos volveremos a encontrar en ese baile eterno en el que seguro de nuevo tú serás la reina y tendremos la conversación que nos quedamos “debiendo”. Vuela con el viento y lleva tu luz y tu risa a ese lugar al que todos, uno a uno, ya iremos llegando.

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