Promesas incumplidas

NAVIDAD

Plaza Mayor de Madrid

 

Todos los diciembres, como todos los eneros, los febreros, los marzos… vienen con sus particulares promesas. Llegó diciembre y, como si en simultánea con las luces navideñas sonara el silbato para que los propósitos de fin de año alisten su partida, todos –y me incluyo- comenzamos a apurar las intenciones que hemos venido arrastrando desde que escuchamos en alguna parte que alguien dijo: año nuevo, vida nueva.

Todos sabemos que las trilladas promesas decembrinas para el “próximo año” -ese año que nunca llega-, de ir al gimnasio, aprender inglés, beber menos, o dejar de fumar, no se cumplen. Y como éstas, la gran mayoría de la larga lista que cada uno, a nuestra manera, sumamos al calendario personal cada vez que miramos atrás y sentimos como el tiempo nos pilla por la espalda. Si en todo un año no hicimos un mínimo esfuerzo para cumplir los propósitos hechos como parte del ritual obligado cuando enterramos el año anterior, y el anterior, y el de más atrás, es porque en el fondo no hemos asumido ningún compromiso con ese YO que dentro de nosotros no miente.

Cuando nos alistamos a vivir el final del ya agonizante año, lo que más nos preocupa es vestirnos de luces para salir a la plaza y brindar ante el Honorable, porque el próximo sea mejor. Y, mientras corremos por calles que no nos llevan a ninguna parte, nos dejamos la paga extra en regalos inútiles para quien ni los necesita, ni los valora; compramos cosas absurdas y sin ninguna utilidad solo por presumir ante una galería para la que ni somos, ni nunca seremos importantes; nos hinchamos con comelonas que acaban hasta con el hígado de un buitre y nos pegamos borracheras de las que después nos arrepentimos hasta pasados unos meses, aparcamos cualquier intento que nos lleve a conseguir, por fin, que el próximo año en verdad sí sea el mejor de nuestra vida. Pero no. Si seguimos pensando, viviendo y sintiendo como éste, será igual –o peor- que el anterior y el anterior, y el de mucho más atrás.

Mientras nos dejamos abducir por el espíritu navideño, las intenciones que venimos arrastrando del año anterior para éste, irremediablemente, se comienzan a proyectar para el entrante. Y así, de próximo en próximo vemos como nunca nos hacemos habituales del gimnasio, como abandonamos la dieta en una semana, como nuestras clases de inglés no pasan del primer nivel y como bebemos y fumamos tanto, o más, que cuando prometimos dejarlo. De tal manera que de trescientos sesenta y cinco días, en trescientos sesenta y cinco, vemos como se nos escapa el tiempo prometiendo cosas que en su gran mayoría jamás cumpliremos, dejando nuestra energía, nuestros deseos y nuestras angustias, en utopías que se llevan cualquier intento tangible para que de verdad el próximo año sea el mejor. Y si esto sucede con las promesas típicas y tópicas, con las verdaderamente trascendentes y que nos pueden aportar verdadero valor personal, pasa más o menos igual.

Las principales calles de Madrid ya se han vestido de fiesta y se viven así, como una fiesta que dura 31 días con sus 31 noches. Paisaje que se repite en la ciudad que me parió y en todas las ciudades pueblos, calles y callecitas del mundo pagano. Amigos y enemigos; pobres y ricos; viejos y jóvenes; parientes y vecinos; empleados y desempleados; grandes y pequeños; blancos, negros y «coloraos»… todos, a medida que caen las hojas del calendario van tomado por asalto las tiendas, las atracciones, los bares, los restaurantes y la ciudad ya tiene vida propia las 24 horas del día, como si en realidad no existiera un mañana.

Y es cuando pensándolo bien, yo me pregunto: ¿por qué a cambio de tantos y tantos lugares comunes inalcanzables y generalistas que avivamos al fulgor del champán con el que digerimos las uvas de Noche Vieja y que olvidamos en medio del resacón del día de Año Nuevo, no nos hacemos la promesa de ser mejores personas y convertirnos en seres más humanos? Así, sin más, sin tanto aspaviento, sin tanta bulla, sin tanto maquillaje, sin más apelativos, sin prometer tanto.

Creo que es muy fácil. Para ser mejores personas no necesitamos vestidos nuevos, ni costosos ni baratos. No necesitamos trajinar la ciudad hasta que revienten las ampollas que nos amargan el caminado por el puñetero empeño de embutir los pies en unos zapatos nuevos. No nos hace falta comprar de manera compulsiva, comer hasta la náusea, ver a quien no queremos ver, o abrazar a quien no nos soporta y nunca lo hará.

Para ser mejores personas sólo necesitamos recordar los principios básicos con que nos amamantaron y leer en el diccionario el significado de la palabra empatía, aprenderlo de memoria y tatuárnoslo en el alma. Sólo necesitamos hacer de la solidaridad nuestra única bandera; rescatar al niño que abandonamos cuando nos vendieron la fábula que el mundo le pertenece a los adultos; entender que el respeto a la vida, a la libertad –de pensamiento y movimiento-, y a la diversidad de raza y credos es la única opción que nos queda en este mundo que cada día está más demente, más inhumano, más egoísta, más brutal, menos vivible.

Para ser mejores seres humanos sólo necesitamos poner la vida en ello y disponer nuestro corazón para ello. Y eso no nos cuesta nada.

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