«→Llevaba 56 días de haber aterrizado en el Principado de Asturias y, aunque aun no tenía claridad si mi estancia sería definitiva -o más pronto que tarde empacaría mis alforjas para deshacer pasos de regreso a mi Bogotá natal- intentaba adaptarme a los cambios, usos y costumbres del lugar con el propósito de llevar una vida de esas que se llaman normales, mientras el destino me mostraba si esa sería la ciudad en la que debía apagar motores por un tiempo. Sigue leyendo
La amenaza
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