Celebrar, sí, pero…

Si te grita y te miente, no te ama. Si te engaña y menosprecia, no te ama. Si te falta al respeto, te humilla y no empatiza contigo, no te ama. Si minimiza tus virtudes y maximiza tus fallos, desdeña tus sueños e infravalora tus posibilidades, no te ama. Si con un ¡Shshshs!! te silencia y con una mueca ignora tu opinión, no te ama. Si no te invita a su mundo y entrar al tuyo no le interesa; si desprecia lo que tú quieres y no se solidariza con tus causas, no te ama y, por consiguiente, no te merece. 

Si por su causa lloras y no le da importancia a tu dolor, es porque no te ama; si has sufrido por su escasa humanidad, por su nula solidaridad, por su falta de empatía o por su poca compasión, huye, porque no te ama.

ROSA

Mañana se celebra el día de San Valentín y, en muchos casos, en los comercios se agotarán los regalos vacíos y los obsequios adquiridos por compromiso se facturarán como se facturan los churros en invierno. En los restaurantes se agotarán las reservas para cenas en las que, en muchos casos, la conversación no pasará de meras palabras formales y, los dardos que por algunas horas descansarán bajo la mesa, junto con otros trastos –y sin piedad alguna- se dispararán a la mañana siguiente con más veneno que de costumbre.

No creo en la celebración de San Valentín cuando el pegamento que junta a una pareja se llama costumbre y se adquiere en una cómoda, pero triste y peligrosa tienda llamada conformismo. Y no creo que la costumbre que ata mohínamente a dos personas merezca un día para celebrarse como si la felicidad fuera algo que no te corresponde buscar, sólo porque ese(a) ladrón(a) de energía agazapado(a) detrás de las flechas de Cupido te hace sentir que no mereces.

IMG_20150213_102855No creo en la celebración de San Valentín cuando el irrespeto -de palabra y acción- vive camuflado entre las sábanas que compartes con ese ser egoísta que pisotea tu dignidad y aniquila tu autoestima. Y, pensándolo bien, tampoco creo que merezcas ser partícipe del juego de un(a) titiritero(a) que te usa para sostener, como equilibrista ebrio, esa cuerda floja a la que te amarra y tu sujetas bajo el nombre de «pareja». Estoy segura que no mereces ser la Caperucita Roja de ese lobo(a) que disfrazado(a) de oveja y ojos de príncipe(princesa), te eclipsa mientras ferozmente devora años maravillosos a tu existencia y con avaricia roba tu alegría.

No creo en el comportamiento hipócrita de quien te «festeja» el San Valentín con bombos y platillos y te desborda de atenciones en 24 horas, cuando en el día a día te falla, te miente y hace de la lealtad hacia tu relación un amasijo pestilente. Por eso no creo en esas manifestaciones de amor obligado de quien a cambio de dar, quita; a cambio de conciliar, grita; a cambio de cuidar, daña; a cambio de sumar, resta; a cambio de valorar, ignora; a cambio de incluir, excluye y a cambio de amar, devasta.

No creo en la celebración de San Valentín cuando el amor ha muerto y, cómodamente has asumido bajo la etiqueta de «normalidad» vivir con su cadáver en la nevera. Y no creo que sea honesto contigo cumplir con un requisito impuesto (o bien por la sociedad de consumo, o bien por el confort de un estatus familiar y social) de pasearte por la vida con ese cadáver que no te deja crecer, te roba la tranquilidad y corta alas a tu libertad.

No creo que el Día de San Valentín amerite ese baile de fariseos cuando no te quieren bonito, cuando durante todo un año -o lo que es peor- durante los mejores años de tu vida, te han minimizado y no has hecho nada para soltarte de ese clavo ardiendo que te menosprecia, te irrespeta y te infravalora.

Y no es que me haya vuelto aguafiestas. No. Nada más alejado de la realidad.

GetAttachmentCreo firmemente en el amor y en el compromiso que une con hilos invisibles más allá de todas las fronteras y todos los obstáculos. Y creo que la certeza de ese amor bueno no la refrenda una fecha específica en la que los cánones establecidos nos tiran a la calle a exhibir lo felices que podemos llegar a ser y lo mucho que nos aman. Pienso que esa certeza nos la regala la seguridad de ser prioridad para el ser amado, el sabernos protagonistas -todos los días- de la mejor historia de amor junto a un(a) compañero(a) de viaje cómplice, leal, sincero(a) y transparente en sus sentires. Además de ser una romántica convencida, estoy segura que quien nos ama, nos respeta siempre, no solo porque somos seres humanos valiosos, sino porque el respeto físico y emocional es la mejor manera de manifestar amor hacia otro ser humano.

Creo que todos, aquí o en algún rinconcito del mundo, tenemos un lugar para dar y recibir amor de la persona que, como una pieza de precisión relojera, encaja a la perfección en nuestro puzle vital. Por eso no me valen los infructuosos empeños en encajar piezas a la fuerza, en obligarnos a convivir en relaciones anodinas, tibias, tristes, agotadas, enfermizas, agonizantes y, en muchos casos, con fecha de caducidad más que expirada. Por eso no creo en ese San Valentín que celebrarán muchas parejas muertas. Y, justamente por eso, es que creo en el San Valentín constante que festejan –y seguirán festejando- las parejas a las que une el compromiso sincero con el respeto, la honestidad y el amor bonito.

Celebrar, sí, pero cuando verdaderamente hay motivos para hacerlo. Celebrar, sí, pero porque el corazón aun nos salta de alegría cuando pensamos en la persona con la que compartimos nuestra vida y los ojos aun nos brillan al evocar su nombre. Así, sí, salgamos todos a la calle a celebrar el San Valentín. ¡Salgamos todos a celebrar la felicidad… a celebrar el amor!

2 pensamientos en “Celebrar, sí, pero…

  1. Ay amiga, me removiste recuerdos que aún, después de 5 años, hacen daño, que descripción más exacta de lo que era mi relación, que felicidad saberme lejos de ese “clavo ardiente que me minimizaba”

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    • Lo bonito es llegar al punto que ya no nos duela, superar, perdonar y aprender para no volver a abrir la puerta a seres “enfermos de egoísmo”. En últimas, lo bonito es tener la oportunidad de corregir a tiempo y continuar creciendo y, como dice Clarissa Pinkola, “escuchar a nuestra loba interna”.

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