Eran distintos

Nunca se prometieron nada, no tuvieron tiempo para juramentos, pero en su piel sellaron un pacto mudo, de esos que se graban antes de clarear el sol. Se conocieron para abandonarse, se encontraron para renunciarse y aun así, se dieron la ternura que los dos guardaban en los bolsillos.

No tuvieron tiempo para contarse la vida. No hacía falta. Ambos sabían que hay encuentros que no merecen ver desnudas las miserias lastradas y hay momentos en los que el palabrerío sobra,  porque las horas contadas no merecen llenarse con despojos de tiempos amargos.

Seguros estaban que no cabían los reproches al destino traicionero. Cabía, si acaso, la gratitud por la oportunidad dada, por los caminos cruzados, por las miradas halladas, por las caricias contadas y por la compañía, que aunque breve, se regalaron.

Eran distintos, muy distintos…

Ella etérea, él práctico. Ella venía de regreso, él corría a su destino. Ella no pensaba consecuencias, el medía sus pasos. Ella soñaba despierta, él apostaba a certezas.

Eran distintos, muy distintos…

Ella miraba al sur, él al norte; ella contaba unicornios y él buscaba fortuna. Eran distintos y solo les bastó un segundo para adivinar en sus miradas que merecían abrazos dulces, de los que huelen a coco, infinitos, de los que aferran a la vida.

Y se abrazaron

Él cocinó para ella y le regaló su sonrisa. La amó con ternura, le acarició el alma con sus besos y se la llevó enredada en las pestañas. Ella se derritió en su pecho, le escribió canciones y guardó silencio. Compartieron el desgarro de los finales que aunque anunciados duelen, que aunque esperados devastan. Sintieron el frío del adiós en sus espaldas, el nudo bárbaro de la renuncia en sus entrañas y el viento que traía el invierno fue el presagio de que en adelante un lado de su corazón latiría frío y no, no comprendieron esas jugarretas del destino.

Él se fue y no prometió un regreso

Ella siguió y no prometió esperarlo

Los dos sabían que había alguna razón por la cual el cosmos confabuló su encuentro, así que cerraron los ojos para encontrarla y se negaron el último beso porque entendieron que ya no había para qué rasgarse el alma.

Luna y Unicornio-911891_1024

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