El paraíso no existe

Caminar sin mirar atrás es hacernos cargo de nuestras decisiones y cargar con ellas sin arrepentimientos, ni culpas, cuando éstas no han sido muy acertadas, es permitirnos avanzar por la vida sin lastrar el dolor por lo que pudo haber sido y no fue. Es decidir vivir sin resentimientos absurdos contra otros, o lo que es peor, contra nosotros mismos. Sigue leyendo

Me voy

Se levantó como todas las mañanas hacía ya casi diez años. A las siete en punto. Se sentó en el borde de la cama y durante un largo rato miró fijamente a sus pies, diluyendo sus pensamientos en la observancia de sus huesudos dedos. Se calzó las zapatillas raídas, las mismas que desde hace ya casi diez años arrastraba en paseos circundantes por toda la casa y que en ese trasegar habían perdido la forma y hasta el color. Parapetado en ellas, empujando su cuerpo triste caminó por el pasillo que conduce a la cocina. Sigue leyendo

365 hojas de papel brillante

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Cuando era niña nada me hacía más ilusión que estrenar ropa y zapatos el día de Año Nuevo. Cuidaba con mimo que nada me manchara los vestidos y soñaba con caminar por las nubes para que los zapatos permanecieran intactos, conservando ese olor a nuevo que tanto me gustaba -¡y me sigue gustando!-. Sigue leyendo

Me quedo con el sol… porque ha llegado el invierno

Hace unos años, cuando de un día para otro el otoño pasaba de sus románticos tonos ocre a un permanente gris oscuro (gris ratón, dice mi mami), algo en mi estado de ánimo se desconectaba y en ese estado permanecía hasta cuando volvían los primeros tonos verdes de la primavera. Es decir, pasaba todo el invierno con el cable de la energía desconectado y alejado del enchufe emocional que produce la alegría.

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Replanteando exigencias

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Ayer recibí una llamada de mi amiga Amanda, quien por estas fechas y desde el lugar del mundo en el que se encuentre, siempre hace presencia para regalarme sus buenos deseos antes de comenzar el año nuevo.

Cuando nos conocimos, teníamos toda la vida por delante, éramos bellas y solteras… bueno, seguimos siendo todo esto, inclusive solteras, aunque entre las dos hay una diferencia. Yo me bajé de la nube de los cuentos de hadas hace bastantes años, mientras que ella sigue creyendo que es una cenicienta a quien el príncipe azul la está buscando desesperadamente por el mundo para rescatarla de sus casi cincuenta años de soltería ¡flaco favor le hizo su madre regalándole como primera lectura el cuento de La cenicienta! Sigue leyendo

Promesas incumplidas

NAVIDAD

Plaza Mayor de Madrid

 

Todos los diciembres, como todos los eneros, los febreros, los marzos… vienen con sus particulares promesas. Llegó diciembre y, como si en simultánea con las luces navideñas sonara el silbato para que los propósitos de fin de año alisten su partida, todos –y me incluyo- comenzamos a apurar las intenciones que hemos venido arrastrando desde que escuchamos en alguna parte que alguien dijo: año nuevo, vida nueva. Sigue leyendo

Hasta pronto, Guerrera

El pasado 27 de noviembre Martha Lucía Villa cumpliría un año más de vida intensa, pero decidió que se tenía que ir antes. Y se fue con la luz y en su estela dejó su risa constante, su valentía, la fuerza de sus pasiones y la imagen de su pies flotando en una pista de baile

 Y pensándolo bien, tal vez no sea de buen uso entrar en un lugar con una despedida, pero como para una labor tan anárquica como es la escritura no existen cortapisas, comienzo este camino y pongo voz a mis pensamientos más íntimos despidiendo a una mujer valiente. A una mujer guerrera. Así que como si se tratase de una oración iniciática, de esas a las que se les atribuye conexiones cósmicas, hoy, ya que por fin tengo la valentía de exponer públicamente mis pensamientos más íntimos, pongo altavoz a lo que escribí para ella el pasado 8 de agosto, día de su último adiós.

Hoy es el día de la luz. De la amistad. Debe ser el día de la alegría. Tiene que ser el día de la vida, de la risa que espontánea se dibuja en nuestros ojos, del recuerdo que ya nunca se va del alma. Hoy, en la distancia y con mi corazón roto, despido a esa mujer valiente, valiosa, valerosa, amplia en amor, grande de corazón; generosa en afectos, en sentires, en amores, en pasiones, derrochadora de alegría y quien hizo del sentido del humor su marca personal.

Hoy, a casi diez mil kilómetros de distancia despido a esa Guerrera, a esa Lady Laura, a esa María Luisa, a esa Margoth, a esa Patricia, a esa mujer que sola encerró un poco de todas las Venus, las Afroditas de ayer, de hoy, de siempre. A esa mujer que sola y por sí fue Isis, Artemisa, Lilit. Hoy le digo hasta pronto a esa hija de Baco, a esa Cibeles que tuvo todo y nada del Olimpo. Hoy, le digo hasta pronto a mi amiga, a mi hermana, a mi comadre, a mi maestra en fortaleza, a mi protectora en la tempestad y a mi instructora en supervivencia.

Gracias Martha Lucía por tanta, tantísima vida compartida, disfrutada, gozada, reída, llorada, sufrida, bebida, bailada. . . Gracias por enseñarme cómo son las mujeres valientes, fuertes y generosas. Gracias porque me diste solidaridad sin límites, comprensión constante, compañía permanente y amor a raudales. Gracias por haberme regalado tu confianza durante tantos y tantos años vividos y sentidos. Por las risas, pero también gracias por las lágrimas compartidas. Gracias por adoptarme en tu familia y por haber hecho tuya la mía.  Pero sobre todo Señora, gracias por ese hijo que la vida me regaló a través de ti y a quien desde antes de nacer ya me confiaste. Vete tranquila porque la promesa que te hice un día hace ya veintiocho años hoy te la refrendo: Lo cuidaré, lo protegeré y lo querré siempre, como ha sido y como seguirá siendo. Así, mientras viva. Así, hasta el día en que tú y yo nos encontremos de nuevo y reanudemos la fiesta que fue la experiencia de nuestro encuentro.

Mientras te escribo reflexiono y reconozco que he comenzado a extrañarte mucho, pero mucho antes de tu partida. Fueron tantas las cosas gratas que vivimos, tanta lágrima de risa, tanta la complicidad sentida y fue tanta la intensidad de nuestra hermandad de los días y las noches en los años locos, que la certeza de que ya nunca más estarás, hace que la ausencia absurda de los últimos años duela como sabes que duelen los días sin sol.

En nuestro siguiente encuentro, porque estoy segura que habrá un siguiente encuentro en otra vida, en otro cosmos, en otro lugar, espero ser menos egoísta, menos orgullosa y para esa vez te prometo ser mucho, muchísimo más humilde. En nuestro siguiente encuentro, te prometo, seré mejor amiga; sabré ser, la hermana que siempre viste en mí.

Ve con la luz Doña Bella y regálame la última alegría hecha seguridad de que nos volveremos a encontrar en ese baile eterno en el que seguro de nuevo tú serás la reina y tendremos la conversación que nos quedamos «debiendo». Vuela con el viento y lleva tu luz y tu risa a ese lugar al que todos, uno a uno, ya iremos llegando.